Lo mejor del juego es, sin duda, la mecánica de Bobby. La idea de lanzar al perrito, detenerlo en el aire y utilizarlo como plataforma crea una experiencia original que genera situaciones de puzzle muy interesantes. Además, la mecánica tiene una gran versatilidad, ya que interactúa con distintos elementos del escenario y permite resolver desafíos de formas creativas e incluso inesperadas. Los niveles logran aprovechar esta idea central para hacer que el jugador experimente, piense y descubra nuevas posibilidades constantemente. Más allá de los detalles técnicos que aún pueden pulirse, el juego ya cuenta con algo difícil de conseguir: una mecánica propia, divertida y con suficiente profundidad para sostener una experiencia completa.